domingo, 25 de mayo de 2008

Esperate que me corro (parte II)

Los porteros resentidos con su realidad, al igual que otro tipo de gente similar, son una casta a la que, como buena pajuerana de ciudad sin edificios, ignoré durante bastante tiempo. Fue recién al irme de mi pago que me empecé a topar con ellos. 
En La Plata, su equivalente bien podría ser el encargado o dueño de pensión estudiantil. Y ojo que no pretendo hacer ninguna generalización. Pero que por cada diez porteros o encargados no me haya encontrado más que con uno que no volcara sistemáticamente su frustración en el inquilino "de punto" de turno, no debe ser casual.
Yo sé que similares generalizaciones pueden hacerse con todo tipo de gente: docentes, almaceneros, responsables desaprensivos de atención al cliente, cajeros de banco. Gente que por alguna razón se percibe a sí misma en una posición de servicio que no pidió o pensaba para su vida cuando empezó la carrera hacia la adultez, y que un día se despierta totalmente angustiada o amargada de encontrarse en un aquí/ahora donde pocas perspectivas se le abren, por uno u otro motivo. Gente que presta un servicio a desgana y sin conciencia de su propia importancia real, porque se siente esclava o porque habrá tenido malas experiencias con gente hijoputa. Así, la ley del gallinero se prolonga en el tiempo ad infinitum.

Mi hermana tiene un portero que empezó siendo uno de los tipos más serviciales y predispuestos que haya conocido, y derivó en los últimos años a la categoría de ser despreciable. Al menos en lo que a mi consideración respecta.
Porque díganme si no es despreciable que un tipo que gana dos veces más de lo que ganan muchos de los residentes de su propio edificio (hay allí algunas parejas de jubilados que si no fueran propietarios, no podrían siquiera vivir en la zona) se empeña en mendigar coimas entre los inquilinos recurriendo en muchos casos a la coerción y a la extorsión. Cómo  un tipo que tiene como única obligación hacer tu vida más tranquila y segura puede ser tan hijo de puta de trabarte el ascensor y hacerte bajar ocho, seis pisos con una criatura de meses en brazos, sólo porque no aceptaste su "generosa" oferta de colgarte al cable por cincuenta pesos. O de cerrarle la puerta en la cara a la chica que viene a cuidar de tus hijos para que puedas irte a laburar, llevándose el ascensor hasta la terraza.
Y no quiero ni hablar de las otras barbaridades que este individuo con excesivo tiempo libre le hace a esta parte de mi familia, porque me amargo de nuevo.
Me he preguntado hasta el cansancio qué puede hacer que una persona sin que medie provocación alguna se vuelva un incordio para otras, y nunca encontré respuesta. Qué hace esta gente en posiciones de servicio por volver sus propias vidas más agradables, en lugar de arrostrarse un mal karma a largo plazo que los puede llegar a matar de un cáncer de huevos? Nunca lo voy a entender.

Hoy, por lo pronto, quise sacarme el veneno del alma haciendo un comentario en voz alta al pasar para que él lo escuchara y así sentirme un poco mejor. Y, la reputísima madre... me di cuenta de que soy tan buena mina que no sólo el veneno se me quedó en la herida, sino que me cargué de angustia al pedo.

La angustia de ese pobre tipo, porque no le cabe otro apelativo, que no puede ser otra cosa en la vida que lo que es, porque está cómodo o porque no quiere. Y que enceguecido por la envidia o por la frustración, va por la vida amargando a otros en lugar de buscar una descarga sana en su tiempo libre, embrutecido por la televisión y el fútbol, alimentado de la misma mediocridad que destilan los otros especímenes más resentidos del barrio, impermeable al buen trato ajeno y a la gente que vale la pena. Recreando una y otra vez una cadena de amarguras que se expande como una mancha venenosa, como nube negra por la ciudad de la furia.

Hoy por hoy tengo la suerte de no sufrir en carne propia a uno de estos especímenes, pero sé que no estoy a salvo mientras forme parte de esa parte de la sociedad condenada al hacinamiento y a pagar un alquiler mensual. No puedo ignorarlos, aunque eligiera hacerlo. Me queda la opción de aprender a evitar el contagio ya que puedo hacerlo, y no volver a caer en la tentación de una revancha efímera. Cada pensamiento venenoso que le dedique, cada palabra subrepticia, se volvería hacia mí extendiendo la nube más y más, hasta cubrirlo todo.

Y no quiero. No quiero eso para mí ni para los míos.
Así que mejor me corro.




jueves, 15 de mayo de 2008

Conciencia tranquila o conciencia apaciguada

Desde chica tuve una profunda inquietud por el cuidado del medio ambiente, la no interferencia con el mismo y el ahorro de recursos. Siempre fui medio histérica en eso de no desperdiciar agua (desde preferir reutilizar la que quedó en termo en lugar de tirarla y cargar otra pava para el mate), el apagado de luces y aparatos que no se usan, o no generar más basura de la que ya hay en este pobre ecosistema en el que nos toca vivir.

Por eso, cuando escucho por la radio que la Bersuit va a manifestar su "preocupación por el medio ambiente" plantando un (1) árbol en cada localidad donde ofrezcan un concierto (en el marco de la gira que empieza este mes), pienso en esta otra noticia y me dan ataques de risa.

Me fascina pensar en el orgullo que sentirán los seguidores de esta banda tan "consciente" política y ecológicamente, que a cambio de un par de horas de absoluta contaminación sonora plantan un arbolito. Yo no voy a pretender que se gasten la chorrada de plata de Sting y sus amigos, pero me pregunto si al menos después del "lavado de conciencia" siguen alguno de los preceptos básicos del ecologismo.

Ellos, la Oreiro, Echarri y toda la caterva de caripelas que aportan a Greenpeace. No doy un mango por la coherencia de conciencia de esta gente, qué quieren que les diga.