miércoles, 31 de diciembre de 2008

Se va, se va... se fue.

Se va otro año y yo sigo acá blogueando o haciendo como que...

Muriéndome de ganas de volver a los memes que dieron origen y sentido a este espacio, este bulkdiary que no termina de encontrar su rumbo.

Ideas hay muchas. Todos los días me levanto con algo nuevo en la cabeza, con ganas de dar cátedra de algo, aunque sea de berrinches aprendidos y de mañas habituales. De lo poco que sé, ganas de volcarlo en algún lado, con ningún objetivo a la vista. Nomás porque tengo cosquillas en la panza.

Creo que el mayor y mejor descubrimiento de este último año y medio es la felicidad con la que me acuesto y me levanto, la facilidad con la que puedo dormir (por fin, después de tantos años) y la certeza de haber llegado al lugar justo.

Zozobras sobran (pah! me salió hasta cacofónico). Pero hoy no quiero darles bola.
Estoy feliz por los caminos que se bifurcan.
Por las vidas ejemplares.
Por los amigos que se realizaron un poco más este año.
Por todo el afecto recibido.
Por las mañanas de café con leche y dibujitos animados.
Por la música en mis oídos.
Por estar otra vez más cerca de mi familia.
Por el futuro, por la esperanza que nunca nunca nunca jamás perdí.

Claro que nunca faltarán las cosas que anden mal, pero insisto: habemus de concentrarnos en aquellas que andan bien. La rabia, el dolor y la angustia pueden ser poderosos combustibles, pero no hay uno mejor ni más perfecto que la alegría. Combustión permanente, limpia y brillante.

Alegría para 2009, entonces.



(y esto va porque se me canta, y porque siempre que recuerdo esta canción me da felicidad)

domingo, 21 de diciembre de 2008

La piedra en el zapato

Hay actitudes ajenas que me enervan y me irritan (calculo que como a todos), pero por simpatía hacia la persona que las detentan, o bien porque la persona en cuestión es alguien que pese a sus defectos me es muy querida (por ejemplo, familiar o íntimo amigo) llego a tolerarlas. Se sienten, de cualquier manera, como una piedra en el zapato y cada vez que no soy capaz de manifestar en voz alta esa incomodidad por la actitud, me siento una maldita hipócrita.

Caso 1: la persona que siente que cualquier tema de conversación que surja es bueno, si no fundamental, para plantear su punto de vista, su experiencia en tal o cual campo o una anécdota que lo tiene como protagonista central.
Lo peor es que la mayor parte del tiempo ni siquiera son lo suficientemente perceptivos (siquiera sensibles al déja vu!!!) para darse cuenta de que lo que están contando...

a) ya lo contaron antes y exactamente igual (ver caso 2)
b) no tiene nada que ver con lo que se venía hablando originalmente
c) no es gracioso, y cuando pretenden que nos riamos con ellos sólo provocan tibias sonrisas de compromiso (o una absoluta perplejidad)
d) no es interesante. Para nada. A veces lo cuentan con una falta de timing y un desprecio total por las reglas básicas de la entretención narrativa que da miedo. Y no importa que te pongas a hacer la colada en otro cuarto o mires para otro lado, porque buscarán insistentemente tu atención (con chistidos y toquecitos, inclusive) hasta que termines escuchándolos o frenándoles el carro, lo que ocurra primero.

(Claro, puestos a pensar... ¿cómo van a ser perceptivos, si están pendientes solamente del bocado propio que pueden meter en la conversación?)

Caso 2: están los que cuentan una y otra vez la misma anécdota. Y uno ya está tan acostumbrado a verlos reaccionar con un reflejo pavloviano, que cada vez que escucha alguna de las palabras detonantes del recuerdo en cuestión, casi puede prever el arranque de la anécdota. Clásico caso de Jaimito, el cartero de la vecindad de El Chavo, un viejito simpaticón hasta que se le trababa la bolita recordando a Tangamangapio, su pueblito de crepúsculos arrebolados.

Los casos más virulentos de estos dos ejemplos se producen en círculos demasiado personales como para eludirlos. Con lo cual, hay días que ya voy predispuesta a aguantarme la piedra en el zapato por unas cuantas horas, si sé que las personas en cuestión van a estar presentes.

Quisiera pensar que los quiero demasiado, pero lo cierto es que además de chinchibirria y quejica, puedo ser pusilánime y demasiado tolerante. No me decido.


lunes, 15 de diciembre de 2008

Perlitas de indignación (3)

"Así que a vos te gusta Patrick Wolf?" me dijo Fender el otro día. "A los de CLARO también".











(séh, la recalcada concha de su puta madre).

jueves, 11 de diciembre de 2008

Esperate que me corro (parte III)

"Definitivamente hay gente colectora y gente plazoleta"



(Aki a habitual acompañante, luego de llevarse puesto al vigésimo tercer peatón en babia)



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Gente colectora
Dícese del peatón que circula conservando su derecha o en todos los casos tiende a agruparse en línea recta detrás de los demás peatones que circulan en su mismo sentido, procurando guardar dicha línea aún si se encuentra acompañado de otros significantes (niños, pareja, etcétera).



Gente plazoleta:
Dícese de la persona que camina ocupando la mitad de la vereda, idealmente por el centro de la misma.
Variantes de gente plazoleta:
  • Los que esperan el colectivo entre la pared y el cordón, oteando el horizonte de espaldas a la circulación peatonal general y haciéndose los boludos.
  • Los que "veredean" a la salida / entrada de los edificios universitarios o telemarkinéticos.
  • Los que hacen la cola del pagofácil en chanfle, cada vez más abierta hasta que queda en diagonal (porque no pueden confiar en que los que están adelante, tienen que mirar por encima del hombro del vecino, no sea cosa que alguien esté trabando la cola).
  • Los que se paran con el changuito en mitad del pasillo del supermercado y ante la tosecita incómoda o el "permiso" de rigor devuelven una mirada bovina.
  • Los que te ven venir de frente mientras están hablando con otra persona y en lugar de correrse un poquito para darte lado, giran 90º para enfrentar totalmente al acompañante y hacer como que no te vieron.
El nivel de irritación que producen estos ejemplares es directamente proporcional a lo angosto de la vereda y a las ganas que tengas de clavarle un codo entre las costillas.


(Sí. Soy de la clase de persona a la que la gente se la lleva puesta y después se enojan porque no se corre. Así que chúpenla, dijera S.)