sábado, 7 de febrero de 2009

Freaky friday (o un viernes para enloquecerse)

OK. Tengo baja tolerancia kármica a las complicaciones. Pero este viernes a la tarde compensó con creces la sensación de perfecta felicidad y beatitud con la que regresé de las vacaciones.

Por dónde empezar... Ah, sí: la molestia. La tenía desde el lunes, pero el jueves devino en una sensación casi insoportable, y ayer se me hizo impostergable llamar al centro de turnos de Osecac.
Tuve buen cuidado de mencionar la urgencia. Primero la chica (Natalia, creo que era su nombre) me quiso mandar a las 10 de la mañana a Chacarita, después intentó un turno "de emergencia" en Flores para (hoy) sábado a las 13.30 ("trate de ser puntual, es el último turno de la doctora y si no llega, no la va a esperar") y cuando finalmente entendió las palabras "emergencia" y "vivo en Congreso...-laputaqueteparió*-", me dijo con su voz apacible de jornada laboral recién comenzada:
- Ah, sí, tengo un turno en Congreso para las 16.30 hs - (Bitch, hubieras empezado por ahí)
- Perfecto, gracias...

Estoy por irme de mi trabajo actual rumbo a otros horizontes, por lo cual un viernes complicado debería irritarme lo menos posible; después de todo, estimo no volveré a sufrir de "corriditis" o "apagaincenditis aguda" nunca más. Pero este viernes los planetas se alinearon con mi jefe y dos clientes sexualmente insatisfechas para romperme las pelotas. A las 16 hs, cuando yo ya debería haber estado más cerca de la clínica que de la plaza San Martín, todavía estaba tratando de escaparme del MSN titilante y del teléfono que me atraía como un imán.

Corrí, más que caminar, hasta la plaza de los Congresos y diez minutos antes de la hora señalada estaba sentada frente a la puerta del consultorio de la doctora (llamémosle) Malapata. Había como cinco personas más en la salita de espera, pero como había un consultorio más ni se me ocurrió pensar en una mala señal. A las 16.43 hs la puerta de Malapata se abrió, dejando salir a un paciente. La doctora, una mujer bajita de pelo carré dorado con raíces grises, llamó a otra paciente (una de las cinco que había visto al entrar) y, de paso, preguntó frunciendo la nariz en un gesto miope:

- ¿Quién es "Celtic"?
- Yo - digo, haciendo amague de levantarme, pero la otra paciente ya rumbeaba para el consultorio.
- ¿A qué hora tenés turno, vos?
- A las cuatro y media. - Y agrego, ilusa, inocente de mí: - Es una urgencia.
Niega con la cabeza dos veces, mirando el papelito en su mano y después me mira a mí.
- Esperá un ratito. - Y se mete en el sucuchín.

En este punto del relato es importante destacar que había podido mantener la molestia a raya en la oficina con esporádicas salidas sanitarias. Pero en una sala de espera, con el baño en el entrepiso y sin saber cuándo me iban a llamar, no tenía otra solución que aguantarme todo sentada y calladita. OK, me dije: es una paciente nomás, cuánto puede tardar si acá te atienden como cachetada de loco... aguanto.

Llamo a la oficina, avisando que voy a volver más tarde de lo esperado (contaba con volver a las 17 hs para terminar de mandar unos mails y hablar por teléfono con dos clientes más) y me siento de nuevo a escuchar la radio y jugar al Tetris en el celular. Veinte minutos más tarde (casi 17.05) se abre la puerta y Malapata llama a otro fulano que estaba ahí, antes que yo. ¿¿What?? Me levanto y le digo en voz baja:
- Doctora, ¿puede atenderme ahora? es que tengo una urgencia...
- En un ratito - me interrumpe Malapata, con cara de tener dolor de cabeza y haciendo un movimiento de mano como si ahuyentara un mosquito.

Vuelvo a mi asiento furiosa, llamo de nuevo a la oficina y puteo bastante en voz alta para que el resto de los esperandos se entere de mi indignación. Le encargo a mi compañerito de laburo (guiño, guiño) que haga un par de cosas por mí mientras esperamos que Malapata se digne atenderme. En medio de mi segunda partida de Tetris, llega una chica nueva con un sobre en la mano y se sienta frente a mí. Quince minutos después (17.20) se abre la puerta y antes de que pueda levantarme, la chica del sobre (debí sospecharlo, ¡¡maldición!!) se mete en el consultorio. Se cierra la puerta. Me pongo lívida.

A esta altura ya no juego al Tetris, ni escucho la radio. Me limito a transpirar frío, con un dolor cada vez más molesto que me hace abrazar la mochila y morder la tirita de colgar con bronca. Hija de puta!! Hace una hora que estoy esperando y esta última subnormal, que acaba de llegar, ni siquiera tenía turno... estoy segura!! Bueno, paciencia, Aki... Seguro que sólo vino a mostrarle sus estudios. Seguro son cinco minutos. Seguro ya sale. Por las dudas y ya completamente resignada, agarro el celular para volver a llamar a la oficina y en ese momento me entra un mensaje de texto. El número es desconocido.

"Que ace me llama"
Me habia olvidado, pero hace dos días empecé a recibir llamadas perdidas de este número desconocido, claramente dirigidas a otra persona. El animal que escribe (me juego la cabeza a que es un flogger quinceañero y lleno de granos) no caza la indirecta de mis no-respuestas y decide volver a la carga cada vez que puede. Lo ignoro y marco. Mientras hablo para darme de baja del horario oficinesco y pedir que me guarden las cosas, entran dos mensajes más. Corto. Es Animal, claro.

"soi yo"
Y enseguida:
"coteta" (quería decir "contestá", la pobre bestia)

Harta, impaciente, transpirada y pensando cinco o seis maneras de encarar a Malapata cuando vuelva a salir, escribo mi respuesta:

"Estas confundido, yo no te conozco"

Cuando el telefonito me devuelve el aviso de "Mensaje enviado con éxito!" se abre la puerta, y ahora sí... me llaman. A las 17.45 hs me llaman. Paso rápido, no sea cosa que se arrepienta la doctora, y me siento frente al escritorio. Viéndola moverse hacia mí, sentarse y tipear en la computadora (10 digitaciones por minuto) me doy cuenta por qué demoró tanto con las otras pacientes. Ge-nial, pienso. Pasan dos minutos antes de que logre que me mire y me hable. Mientras, escucho que entra otro mensaje de texto.
- A ver, contame cuál era tu urgencia - me dice con voz pastosa, de abuelita pasada de Rivotril, y esa sonrisa indulgente que usan algunas catequistas cuando hablan con criaturas prepúberes. Totalmente irritada, me levanto de la silla y le digo:
- Disculpe que se lo diga parada, pero no aguanto más estar quieta - y le doy los detalles mientras me saco parte de la ropa. La cara se le pone verde. Me manda a la camilla, me revisa, me hace preguntas. Entra otro mensajito de texto al celular.

La doctora no tarda ni cinco minutos en revisarme, pero se toma unos cinco más en mirar su aparador de muestras médicas mientras habla para sí misma (Juro que nunca vi que un médico hiciera esto; tenía la sensación de estar en un loquero), volver a la computadora, tipear en mi ficha clínica y agarrar el recetario. Mientras, reviso el celular: un mensaje es de mi compañera de oficina, que está haciendo algo en la calle y necesita que yo haga una llamada por ella. El otro es de Animal.

"Pato" dice, simplemente.
Nerviosa, espiando a la doctora que rellena dos o tres recetarios con toda la parsimonia del mundo, respondo:
"No te conozco. Debés tener mal el número".

La doctora me repite palabra por palabra, a su ritmo, todo lo que dicen los papelitos que completó. Son tres medicamentos en total, parece que la cosa es fiera. Me manda a la farmacia de acá al lado, y pensando que perdido por perdido mejor compro todo esto ahora, le hago caso. Camino a la farmacia, hago el llamado que pidió mi compañera y de paso le explico mi situación. Corto.

En la farmacia me atienden rápido, pero cuando estoy por pagar para irme la despachante me saca los remedios de las manos.
- Esperá, esta receta está mal. Tenés que pedir que te la rehagan.
Al borde de las lágrimas, agarro el papelito que me da y entro dando zancadas a la clínica. Subo las escaleras de a dos peldaños. La puerta del consultorio está abierta. Sin golpear, entro y le extiendo el papel.
- La receta está malhecha, me piden enlafarmacia que la vuelvaacer, porfavor.
Me doy cuenta que hablé a los gritos cuando, al salir, me miran fijo las cuatro o cinco personas que quedan en la sala de espera. Bajo a los trancazos, vuelvo a la farmacia y esta vez sí, me llevo todos los remedios. Suena el celular. Miro la pantalla: es Animal. Atiendo.

- ¡¿Hola, Titi?! - me dice una voz chillona de mujer joven, mientras de fondo llora una criatura, o dos quizás.
- ¡¿Con quién querés hablar!? - grito, sacada. Del otro lado titubean.
- Ay... eh... perdoname, debo haber marcado mal el número... me esperás que me fijo??

MINGA te voy a esperar, pelotuda, pienso, y corto la llamada. Si no entendés dos mensajes CLARÍSIMOS de "equivocada" merecés que se te pudran las pocas neuronas que te quedan. Son las 18.10 hs. Tardo 20 minutos en llegar a la oficina caminando. Por la forma en que me mira la gente, creo que estoy bastante más que sacada. Resulta una ironía ridícula que estando a dos cuadras de mi casa tenga que volver a la oficina... para volver al mismo barrio a los cinco minutos. Pero ... ¡Qué sería de este viernes sin ese remate!

Corolario: Le di todas nuestras monedas antes de ayer a mi sobrina y en las corridas del trabajo me olvidé de pasar por el banco. La perspectiva doméstica de un fin de semana entero sin monedas makes me chill.

*en el sentido estricto de la palabra, esto lo pensé, no lo dije.

3 comentarios:

Calíope dijo...

y? esta mejor?? creame que me enloquecí también de leerla, por suerte al otra dia era sábado que si no...

a propósito, yo tb tenia un infradotadito que me mandaba mensajes llenos de palabras cortadas y malescritas, para peor, chorro, me contaba que estaba robando y cosas por el estilo. (lo peor es que me indignaba más con la falta de ortografía que con los ilícitos, no se quién esta peor jeje)

besitos!

Aki Celtic dijo...

Al lado de ese viernes, Calíope, las semanas que vienen me parecen menos irritantes.
Uy, terrible lo del muchachorizo. La historia es de lo más bizarra!!
Gracias por pasar!

Nala dijo...

Uy, llegué medio tarde, espero que estés bien ya.
Beso gigannnnnte!